SEBASTIÁN ROSSO
LA GACETA
El 28 de octubre del 312, Constantino derrotó a Majencio en la Batalla del Puente Milvio. Esto significó su ascenso al gobierno imperial en Roma y, tiempo después, la consolidación oficial del cristianismo romano. Hasta aquí la historia natural. La sobrenatural cuenta que la noche anterior a la batalla, Constantino tuvo un sueño premonitorio: en el cielo se dibujaba una cruz mientras se le anunciaba in hoc signo vinces, es decir, “con este signo vencerás”. Cuando despertó, hizo pintar en los escudos de sus hombres el monograma de Cristo, el Chi-rho, o Crismón: una X atravesada en el medio por una P, como símbolo auspicioso.
Al año siguiente del triunfo firmó del Edicto de Milán, por el que se establecía la libertad religiosa en el imperio y cesaban las persecusiones contra los cristianos. El monograma comenzó a aparecer regularmente en los estandartes militares y en las monedas imperiales. Cientos de años después, con el imperio romano desaparecido y el cristianismo en alza, los emperadores Teodorico y Carlomagno iban también a usar monogramas para identificarse. Aunque esta vez cumplirían la función de una firma personal y no de una invocación divina.
Para ver y para leer
Monograma, etimológicamente, quiere decir “una letra” (del griego monos: una, y gramma: letra). Pero designa históricamente a una representación gráfica formada por una o varias letras, incluso números, que funcionan como símbolo de una persona o de una institución. Por lo general, se trata de las iniciales del nombre con sus caracteres gráficos entrelazados. Los más logrados forman una unidad cerrada. Aunque excepcionales, también hay monogramas donde se puede encontrar un nombre entero. Se usan para sellos y logotipos. Sobreviven en las marcas comerciales, siendo materia de trabajo del diseño gráfico.
En una revista “Plus Ultra” de julio de 1917, cuando los monogramas estaban de moda, escribía Nicanor Newton: “No basta entrelazar o agrupar arbitrariamente las letras iniciales de un nombre para formar con ellas un monograma. Es menester obligarse a ciertas condiciones y, ante todo, a la razón estética, haciendo obra de arte, si es posible”. Proponía que prevalezca la inicial del apellido por sobre las demás, “sea por el vigor de sus trazos, por su mayor magnitud o por su diferente coloración”. En el artículo dibujaba algunos ejemplos, entre los que se destacaba el monograma de Alejandro Sirio, con una S acostada y una A curva, formando así un pato con las alas abiertas. El arte de diseñar un monograma, por lo tanto, no se limita a la disposición tipográfica. Hacen falta destreza e imaginación, para lograr una imagen simple, capaz de resumir un nombre y una idea.
En todos lados
En cualquier caso, son un signo de pertenencia o de autoría. Los monogramas identificaban pertenencias personales. Eran una distinción de las familias bien posicionadas. Bordados en la ropa, por lo general en los pañuelos, a la vista en las mangas de las camisas, u ocultos en el cuello, eran parte de las prendas personales de un caballero. Se los podía encontrar en la vajilla y las servilletas de un hogar, o, como se puede ver en el Museo del Bicentenario de Buenos Aires, en la vajilla de varios presidentes argentinos, como Julio A. Roca, Nicolás Avellaneda o Miguel Juárez Celman.
Aparecían en los papeles personales de un hombre público. Podían estar impresas con tinta o apenas destacadas al tacto en relieves secos. Los edificios y las casas particulares los tenían en sus frentes, en las puertas o en las rejas de entrada. A veces se dejaban ver esmerilados en los vidrios. Las instituciones públicas los tenían. Las escuelas, los bancos, las bibliotecas.
Se modernizaron, como todo, cuando promediaba el siglo XX. Podemos verlos en los edificios de estatales posteriores a los 40. En las marcas de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), Fabricaciones Militares (FM), o en la usina abandonada de Agua y Energía (AyE) de la avenida Sarmiento al 1.100. Todas rodeadas por un círculo celeste y blanco, con las letras acompañando ese perfil curvo. Como firma de autoría, lo usaron varios artistas durante el renacimiento. El más famoso tal vez sea el de Alberto Durero, con una A cuadrada que incluía bajo sus patas una pequeña D. En el siglo XIX, Henri de Toulouse Lautrec los estampó en sus afiches, simulando ser un sello japonés y, a comienzos del siglo XX, Piet Mondrian y Vasily Kandinsky firmaron así muchos de sus cuadros. Pocos años después, el extraño dibujante holandés Marius Cornelis Escher firmaba MCE, armando un perfecto rectángulo.
Héroes y villanos
En el siglo XX, con la modernidad y las industrias culturales en plena consolidación, el mayor superhéroe de la cultura de masas, Superman, lucía en su pecho, siempre henchido, un escudo con la archiconocida S. De esta misma fuente global de entretenimientos salió Don Diego de la Vega, que hacía justicia cuando estampaba la Z del Zorro a golpes de florete. Mucho después, con la ironía característica del final del siglo pasado, el genial Roberto Gómez Bolaños creó una desopilante versión mexicana de superhéroe, el Chapulín Colorado, que mostraba un corazón con la CH en el medio de su pecho.
No sólo sirvieron para la gala, las risas y la diversión. En la sangría de la Segunda Guerra Mundial, los monogramas dieron para todo: las tropas más efectivas, fieles e impiadosas del ejército nazi, las Schutzstaffel o SS, llevaban su monograma como dos rayos de metal, en sus cuellos, y en la gorra bajo una calavera. Los eficientes y arrolladores norteamericanos impusieron su US pintado en stencil junto a una estrella, en cascos, chaquetas y tanques.
La política de nuestro país se vio poblada por monogramas en diversas oportunidades. La V de cuyo ángulo emerge la P se estampó en todas las paredes argentinas en distintas épocas, replicando el “Viva Perón” o reclamando el “Perón Vuelve”. La campaña de Raúl Alfonsín en el retorno democrático dio a luz las calcomanías ovaladas en las que se lucía la R y la A, que comulgaban las iniciales del candidato con las de la República Argentina. Por último, en los diez años de gobierno de Néstor y Cristina Kirchner, tanto propios como detractores, redujeron su representación al uso de la K como sinécdoque de sus políticas.
De todas clases
Las letras ocupan, en los monogramas, el lugar de las palabras, y estas son siempre una promesa, un auspicio.
En nuestra ciudad de San Miguel de Tucumán se dio una moda que democratizó el uso de ellos en los edificios. Lo podemos ver en las casas del centro y también de la periferia, levantadas casi todas entre 1910 y 1940. Las inscripciones están en la parte superior de los frentes de las casas o de los negocios. Aunque nos tienta pensar que pretendían ser una distinción de nuevo rico, terminó siendo una marca de logros más pequeños. Simplemente, el orgullo de haber levantado el negocio propio, o el distintivo que identificaba al propietario como miembro de una comunidad, ya orgullosa de haber crecido en esta ciudad. Así, podemos ver en algunos frentes que la media luna otomana señalaba la procedencia de la familia. Estas inscripciones no son milagrosas ni sobrenaturales, pero tampoco son neutras. Las imágenes y las letras encierran una energía innombrable. Hacen que las personas vivan en las cosas más allá de su presencia, y logran mantener en pie la potencia de sus deseos.